RUIDO DE CACEROLAS, POR LUZ MODROÑO*

VOX propone caceroladas en los balcones para echar al Gobierno

Suena ruido de sables nuevamente en la calle. Esta vez, en forma de estruendosos gritos y músicas que aún hoy, a pesar del paso de los años, nos ponen los pelos de punta. En estos momentos de pandemia, en los que tan importante es mostrar cordura y aunar esfuerzos para superar esta terrible situación, resuenan ruidos de sables en forma de golpeteo de cacerolas, deslealtades y egoísmos tras los que se esconde una profunda insolidaridad y una patente irresponsabilidad.  Las calles y plazas de este país vuelven a ser testigos mudos de la catadura de un grupo de personas a las que, al parecer, les cuesta tanto salir de lo casposo, lo añejo, soltar el lastre de un tiempo en el que fueron virreyes,  incapaces de entender que hoy son otros los tiempos, que el tiempo del silencio fue sustituido por el tiempo de la solidaridad.  Todo comenzó, no casualmente, en el barrio más rico de Madrid, Salamanca. Poco a poco fueron extendiéndose y contagiándose. Un contagio tan peligroso como el propio virus que nos tiene tan atemorizados. Porque es el contagio de la irresponsabilidad, de la falta de sentido de ciudadanía, el reflejo de que en España unos cuantos quieren que siga siendo diferente.

Son pocos, desde luego, pero muy ruidosos y, sobre todo, muy violentos. Profieren gritos de libertad los herederos de los que hicieron una guerra para terminar con ella. Una se pregunta inquieta a qué libertad se refieren. No a la que cantó Labordeta, no a la reclamada por Quevedo. Gritan libertad los que venden la sanidad pública y la enseñanza viendo en ambas una forma segura y sostenida de enriquecimiento. Gritan libertad los que, con su voto, aprobaron una Ley Mordaza para limitar hasta la extenuación la libertad de los demás.

Se pasean envueltos en la bandera de España, que cuelgan con crespón negro de sus ventanas y balcones  y que hicieron suya porque fue enarbolada por sus abuelos en sustitución de la que fue elegida por el pueblo. Ignorantes del origen histórico de una bandera que hoy representa a una Nación e ignorantes de una Constitución que también es la suya y que también parecen desconocer a pesar del ímpetu con el que se niegan a modificar una coma.

Tampoco entonces respetaron ni reconocieron la decisión de las urnas, igual que hoy, convencidos de que lo único que vale es su propio deseo, no la voz libre y democráticamente expresado por la ciudadanía. Son pocos, pero añoran un tiempo que para ellos fue mejor porque les permitió moverse libremente y, sobre todo, les permitió seguir enriqueciéndose a costa de un pueblo secuestrado. Tal vez ese grito con el que hoy salen a la calle, ocupando aceras y saltándose las necesarias medidas para garantizar la seguridad de todos, no sea sino la expresión de un miedo al control democrático de sus actividades económicas. Con paso recio, impasible el ademán, quieren seguir gritando que ellas son las élites económicas y financieras de este país.

Mientras, hacen resonar con estruendo los acordes de las letras que sembraron la muerte y secuestraron la libertad de todo un país. Hace muchos años, sí, pero con ello dejan bien patente que su tiempo, el tiempo del que también se adueñaron, no ha pasado para ellos. Son pocos, pero con una capacidad de odio de muy altos decibelios. Tras esos gritos y ese estruendo de chocar de cacerolas que apenas les son familiares quieren gritarnos que no, que este gobierno democráticamente elegido, que está afrontando una de las crisis más graves conocidas nunca e iniciada tan a los pocos días de comenzar su mandato que apenas tuvo tiempo de hacer mucho más, este gobierno de consenso salido de las urnas no es válido. ¿Para quién no lo es?  ¿A quién no representa?

Porque lo que realmente reclaman no es libertad. Lo que desprecian es, una vez más, la legitimidad de un gobierno al que pretenden derrocar no por la fuerza de la razón y la voz de las urnas sino por la de los sables en forma de cacerolas, bastante menos glamourosas pero con igual intención. Toman la calle porque creen que la calle también les pertenece. Y, en momentos cruciales como los que estamos viviendo, en los que deberíamos ir todos a una, ellos van a lo suyo.

Y mientras esa añoranza de un tiempo en el que podían imponer su voluntad recorre las calles de las ciudades españolas,  guardando la distancia requerida, pacíficas filas cada vez más largas de una ciudadanía que está acusando con dolor las consecuencias de esta crisis que ni afecta a todos por igual ni de la que saldrán todos de la misma manera, esperan recibir un plato de comida. Mientras esas élites gritonas y amenazantes ocupan en masa algunas calles, la ciudadanía sigue mostrando su madurez, su capacidad de asumir responsabilidades, su sentido solidario.

Con sus desaforados gritos anuncian que ellos no van a colaborar pacíficamente en la reconstrucción de un país herido, están gritando que no están dispuestos a que ninguno de sus privilegios sea tocado. Que la crisis económica que se nos viene encima tras superar la sanitaria no les va a afectar porque no tienen intención de colaborar. Que ellos lo que quieren es libertad para seguir igual, para seguir oponiéndose al bien común, al todos a una. Y, para dejarlo aún más claro, atacan, amenazan, desobedecen, provocan. Intentan desesperadamente infundir miedo, conscientes del poder del miedo. Y olvidan que frente al miedo de ellos está la voluntad de construir un mundo más justo y solidario, más fraternal, democrático, pacífico y sostenible del pueblo. La voluntad nacida de la necesidad.

*Luz Modroño es psicologa, escritora y activista social que colabora con organizaciones solidrias en los campos de refugiados

Ruido de cacerolas, por Luz Modroño*

La izquierda española vive en una burbuja (sus mejores pensadores ya no lo niegan)

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Es solo un ‘sketch’ humorístico, pero con más enjundia política que muchos ensayos de cuatrocientas páginas. Se titula ‘La burbuja’ y fue emitido en el mítico programa de televisión Saturday Night Live en noviembre de 2016. Trata de cómo la izquierda estadounidense fue incapaz de encajar la victoria de Donald Trump. En vez de pedir perdón o hacer autocrítica, se encerraron en los barrios ‘cool’ de las grandes ciudades, por ejemplo, en Brooklyn, Nueva York. Esta joya del sarcasmo imagina calles libres de republicanos, donde reina la armonía racial, solo se lee prensa ‘progre’ y los billetes de un dólar llevan impresa la cara de Bernie Sanders. ¿El único problema? No han conseguido encontrar policía ni bomberos dispuestos a trabajar allí, quizá porque saben que la izquierda detesta a las fuerzas del orden o porque la gentrificación ha disparado los precios hasta el punto de que una casa de un solo dormitorio cuesta más de un millón de dólares. Divertido, ¿verdad?

Algo muy similar ocurre en nuestro país, como explicó el periodista Esteban Hernández en un brillante artículo, titulado ‘¿Qué hacemos con los nuestros? El gran dilema de la izquierda’. Allí hablaba de la “burbuja de Arganzuela”, feudo madrileño de Podemos y Ahora Madrid, donde viven muchos de sus altos cargos, periodistas y humoristas emblemáticos. “Este barrio de Lavapiés (el distrito de Arganzuela en general) es una buena muestra de lo que ha hecho la izquierda en este tiempo. Se han olvidado de las clases obreras nacionales, se han dedicado a salir en televisión, a hablarnos de hegemonía, de corazones, de reguetón, de los inmigrantes, de las bicicletas por la ciudad, de centros ocupados y de los toros, y los que eran suyos les han abandonado”. Resumiendo: las cuestiones folclóricas se han impuesto a las materiales, desplazando desafíos tan complicados como atajar la crisis del alquiler y conseguir la remunicipalización de los servicios públicos.

‘Poliamor’, ‘posfordismo’ y ‘pollaviejas’

El artículo de Hernández refleja la incapacidad de ‘los partidos del cambio’ para conseguir el apoyo de los votantes más pobres, cuyos intereses teóricamente representan. “En España hoy, casi diez años después del inicio de la crisis económica, casi el 50% de las personas que no tienen ingreso alguno siguen votando al bipartidismo”, revela el demoledor informe que se analiza en el texto. Sin duda, la desconexión cultural con ‘los de abajo’ es un síntoma de la desconexión política. Un habitante de la periferia de Madrid que se desplace a Lavapiés para tomar unas cañas empezará a escuchar palabras tan éxoticas como ‘poliamor’, ‘posfordismo’ y ‘pollavieja’. Esta última alude a los varones blancos de más de cincuenta años que llegaron a posiciones de poder durante la era dorada de la alternancia de PP y PSOE.

l insulto recuerda a los años de la contracultura, cuando los jóvenes estadounidenses de izquierda dividieron simbólicamente a los habitantes de su país entre ‘hips’ (molones) y ‘squares’ (cabezacuadradas). Los primeros oían rock psicodélico, tomaban LSD y practicaban el amor libre. Los segundos tenían familias estables, trabajaban en horario de oficina y disfrutaban la Navidad. Por supuesto, los últimos eran despreciados sin necesidad de explicación, más o menos como ahora que los llamamos “cuñaos” (insulto que ya casi se aplica a cualquiera que no coincida con tus ideas políticas, en este caso las de la burbuja de Arganzuela). Parece que medio siglo no ha sido suficiente para que la izquierda comprenda que no es aceptable mirar por encima del hombro a las clases populares por su supuesta falta de sofisticación intelectual. Además esta actitud, cargada de narcisismo, pasa enorme factura electoral.

El insulto recuerda a los años de la contracultura, cuando los jóvenes estadounidenses de izquierda dividieron simbólicamente a los habitantes de su país entre ‘hips’ (molones) y ‘squares’ (cabezacuadradas). Los primeros oían rock psicodélico, tomaban LSD y practicaban el amor libre. Los segundos tenían familias estables, trabajaban en horario de oficina y disfrutaban la Navidad. Por supuesto, los últimos eran despreciados sin necesidad de explicación, más o menos como ahora que los llamamos “cuñaos” (insulto que ya casi se aplica a cualquiera que no coincida con tus ideas políticas, en este caso las de la burbuja de Arganzuela). Parece que medio siglo no ha sido suficiente para que la izquierda comprenda que no es aceptable mirar por encima del hombro a las clases populares por su supuesta falta de sofisticación intelectual. Además esta actitud, cargada de narcisismo, pasa enorme factura electoral.

El elitismo de Podemos

Intelectuales de referencia en la izquierda como Santiago Alba Rico hace tiempo que vieron claro este problema. Lo expuso en el artículo ‘El lío de Podemos y los tres elitismos’, publicado en 2014. Entre otras cuestiones, Alba Rico denunció el riesgo de ‘elitismo democrático’, una expresión que parece contradictoria, pero que no lo es en absoluto. Denunciaba que el funcionamiento del partido morado “acaba por dejar fuera a esa mayoría social —votante virtual de Podemos— sin la cual no se puede ganar y que ni lee ni revisa los documentos en Plaza Podemos, no asiste a las asambleas de los círculos, trabaja o busca trabajo sin parar, tiene muy poco tiempo para militar y ve además mucha televisión, lo que no le impide tener una noción bastante clara de lo que es la justicia y aspirar a un cambio real en favor de mayor igualdad, transparencia y democracia”. Dicho de otro modo: la supuesta democracia radical de los ‘partidos del cambio’ se traduce muchas veces en protagonismo desmesurado de militantes de clase media procedentes de la universidad. Esto implica la exclusión de quien tiene personas a su cargo o es absorbido por su trabajo en la empresa privada, caso de la mayoría de los españoles.

Por si fuera poco, existe otra inercia kamikaze de nuestra izquierda, relativa a su famosa ‘superioridad moral’. Cuando los activistas no están cómodos con algo —religión, familia tradicional, ejército…— le cuelgan la etiqueta de ‘facha’ en vez de intentar ofrecer una alternativa que sintonice con las necesidades y aspiraciones de ‘los de abajo’ (léase los españoles más vulnerables). El sociólogo César Rendueles, autor de varios ensayos de éxito, denunciaba estos días la distancia entre los ‘partidos del cambio’ y los problemas cotidianos de sus votantes potenciales. “En un estudio del CIS el 86% de los encuestados —mujeres y hombres— decían estar de acuerdo o muy de acuerdo con la afirmación ‘ver crecer a los hijos es el mayor placer de la vida’. Llamadme loco, pero lo mismo no es mala idea incorporar la familia al discurso de izquierdas”, apuntaba. Para la mayoría de activistas de barrio ‘cool’ la familia es una entidad anticuada, asfixiante y tirando a casposa, a pesar de que esta institución fuese el mayor factor de solidaridad interpersonal para hacer frente a la crisis económica. Por ejemplo, según un reportaje de la BBC, el 22,1% de los abuelos tuvieron que ayudar a mantenerse a sus hijos o nietos.

Alergia obrera

¿Qué salidas cabe plantear? La más práctica sobre la mesa es la llamada ‘cuota obrera’, que consiste en fomentar activamente la presencia de miembros de las capas bajas de la sociedad entre los cargos de los ‘partidos del cambio’ (por ejemplo, con listas cremallera similares a las que se usan para garantizar la igualdad de género). La propuesta proviene de la politóloga Arantxa Tirado y el rapero Nega, autores del ensayo ‘La clase obrera no va al paraíso’ (2016). A pesar del éxito del libro, que anda por la quinta edición, la izquierda ‘cool’ se ha negado a entrar en el debate, confirmando las sospechas de elitismo y desconfianza hacia las clases populares.

Romano y Nega analizan la composición social de Podemos (Pablo Bustinduy, Ramón Espinar, Jorge Lago…) y llegan a la siguiente conclusión: “Un partido capitaneado en su mayoría por personas no ya de la clase media liberal, sino de la alta burguesía depredadora y del alto funcionariado estrechamente ligado al ‘establishment’ no resulta idóneo para defender los intereses de la clase trabajadora”, señalan. También aportan una elocuente anécdota cultural: cuando Podemos se decidió a publicar una revista, le pusieron un precio de nueve euros, algo fuera del alcance de la mayoría de los precarios (la idea inicial era ponerla a trece, pero recularon). Hasta que no se sitúen en el centro las cuestiones materiales, tanto las grandes como las pequeñas, la izquierda española seguirá viviendo en una burbuja.

https://www.elconfidencial.com/cultura/2018-01-21/izquierda-espanola-burbuja-pensamiento_1508355/