A Sumajestad, el rey de España. Por Martín Caparrós.

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Don Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia, rey de España:

Señor Sumajestad (disculpe, no sé si hay que llamarlo así; no sé qué dice un protocolo que, por suerte, ya vamos olvidando), perdonará que lo moleste ahora, pero es que estos días usted sale mucho en los papeles, está en su gran momento: los jefes de los partidos lo van a ver uno por uno y usted los recibe y les sonríe mayestático y al final le dice al que los españoles más o menos eligieron, Mariano Rajoy, que por qué no va y gobierna. Si usted no se lo dijera lo haría igual, claro, porque esto se llama democracia; así que lo suyo no es gran cosa, lo sabemos, pero es su trabajo y trata de hacerlo lo mejor posible.

También sabemos, señor Sumajestad, que usted tiene una vida rara. Para empezar, nunca debió ganársela: tiene, desde antes de nacer, sus necesidades básicas —y muchas otras— satisfechas. Tiene, desde antes de nacer, por un sistema caprichoso que solo se le aplica a usted, su vida más o menos definida. Y le tocó, en esa extraña lotería personal, un trabajo rumboso pero bastante rutinario.

No debe ser fácil, señor Sumajestad. Nunca es fácil ser un heredero: ser ese que debe todo a los esfuerzos —políticos, económicos, públicos, ocultos— de papá. Y la monarquía es la quintaesencia de la herencia. No solo por eso es una institución tan extraña, tan de otros tiempos, de otras sociedades.

Le escribo con las mejores intenciones: no me confunda, señor Sumajestad. Es cierto que mi idea de España tiene mucho más que ver con la república —que mi abuelo Antonio apoyó y por cuya derrota yo nací en Buenos Aires— que con la monarquía. Pero no soy tan necio como para ignorar que a millones de españoles no les molesta ver coronas en escudos y banderas. Así que, lejos de prejuicios o rencores, puedo decírselo tranquilo: debería pensar en renunciar.

(O como quiera que se diga: su trabajo es tan raro que no se puede renunciarle; ustedes los reyes no renuncian: abdican del trono, son depuestos, hacen cosas).

Renunciar, abdicar, señor Sumajestad: conseguirse una casa, irse a su casa, buscarse un buen empleo. Se lo digo, repito, sin rencores. He escuchado decir que usted es más o menos buena gente, tolerante, incluso moderno para rey; alguien me ha llegado a decir que le van los sociatas. Serán, supongo, esos infundios que las personas como usted están acostumbradas a esquivar o, mejor, a desdeñar como merecen.

Así que no es nada personal. Al contrario, creo que es por su bien, por eso se lo digo. Su trabajo es aburrido y un poco rancio y bastante cómodo —no tiene jefes, no lo pueden echar, no hay quién le mida los horarios, no pueden amenazarlo con una reducción de personal— pero tiene una exigencia fuerte: debe usarlo, señor Sumajestad, para buscar su lugar en los libros de historia. Y no es fácil: su papá, señor, hizo lo más difícil. Reinstauró su monarquía, colaboró –dentro de un orden– con el restablecimiento de la democracia, se hizo querer, hizo mucho dinero. Usted, con todo respeto, no tiene mucho nuevo por hacer. Si acaso repetir y conservar, sin aspavientos, lo que él ya dejó hecho. No es gran cosa para los manuales.

Así que su única opción para no ser una nota al pie, señor Sumajestad, un párrafo perdido, es abdicar. Imagínese el golpe: usted en la pantalla anunciando que quiere ser un ciudadano como todos, vivir como uno más, hacer las cosas por su propio esfuerzo, porque entendió que privilegios como el suyo, por puro mérito de cuna, ya no tienen ningún sentido en estos tiempos; que todos los españoles deben ser iguales y que eso lo incluye y que por eso declara caduca y caducada la institución que representa, y propone acabarla.

Imagínese, señor, la sorpresa, el respeto. La renuncia siempre tiene buena prensa: alguien que, sin presiones, por convicción y propia decisión, deja algo que tenía. Y su renuncia sería única: no habría sucedido nunca antes. Por una vez, el adjetivo más devaluado de nuestro léxico de adjetivos devaluados, el adjetivo “histórico”, estaría justificado. Usted se habría ganado, en buena ley, el lugar que precisa en los libros de historia y fundado algo distinto, algo que podría durar siglos. Usted, entonces, ya no sería un capítulo más: sería un nuevo comienzo. Quizá le parezca que no es para tanto: yo imagino que sí. En una sociedad donde nadie tenga privilegios por motivos tan bobos como su ascendencia, es más fácil postular que nadie debe tenerlos por su dinero o su poder: que si alguien engaña o roba debe ir preso, sea quien sea, tenga lo que tenga; que si alguien necesita comida o salud o educación debe obtenerlas, sea quien sea, sin diferencias de poder o dinero, y todos viviríamos mejor.

Y no se deje arredrar por quienes dicen que usted es necesario como prenda de unidad, símbolo de este país siempre en cuestión. Es cierto que las naciones —esos inventos caprichosos y frágiles— usan símbolos, necesitan símbolos; las naciones tienen banderas, memorias, himnos, grandes relatos, odios, camisetas. Son símbolos con cierto grado de abstracción, desencarnados: unos colores, unos dibujos, unas palabras, unos versos con su musiquita. Que una nación necesite simbolizarse en un jefe vitalicio —sintetizarse en un señor, en carne— es un gesto de tan poca abstracción que suena pobre. Permita que su nación consiga símbolos mejores: más contemporáneos.

Piénselo, señor Sumajestad: se lo digo yo, que no soy nadie, casi un extranjero. Pero quizá muchos más estén de acuerdo. No le digo que lo haga ahora mismo, porque podría parecer una capitulación. Quién sabe dentro de un par de años, cuando acaben de juzgar a su cuñado fraudulento, cuando su padre ya no suene a elefantes difuntos o arribistas de revistas, cuando esos episodios se hayan difuminado en las memorias. Cuando ya no parezca que el problema de su institución son sus errores y excesos sino la propia institución; cuando todos puedan apreciar la grandeza inmarcesible de su gesto. Piénselo, señor: hay páginas y páginas que esperan sus palabras. Piénselo, si le parece, y conmigo no tenga cuidado: si llega a decidirlo, puede decir que se le ocurrió solo, en la ducha, una mañana, porque no terminaba de estar cómodo en esta vida tan ajena que le tocó en la lotería.

Martín Caparrós es periodista y escritor argentino que reside en Madrid.
Fuente: 
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¿Resurge en España la ultraderecha? Por Xavier Casals.

FACHAS

Las agresiones ultraderechistas que tuvieron lugar contra manifestantes de izquierda e independentistas el 9 de octubre en Valencia han puesto sobre la mesa una pregunta recurrente: ¿Asistimos finalmente al ascenso de la extrema derecha en España? La cuestión es pertinente en la medida que el episodio citado fue precedido por otros dos llamativos. Uno fue que entre los asistentes a la concentración multitudinaria de Barcelona del 8 de octubre figuraban colectivos extremistas y se profirieron insultos a los Mossos y gritos de “Puigdemont a prisión” (que desautorizó Sociedad Civil Catalana, entidad convocante). Otro sucedió en Zaragoza el 24 de septiembre. Entonces hasta 600 ultraderechistas se agruparon en un pabellón donde se celebraba una asamblea de cargos electos de toda España convocada por Podemos y la presidenta de las Cortes de Aragón fue agredida por los concentrados con una botella de agua. Aparentemente, pues, la extrema derecha parece rebrotar. Pero tal percepción no se ajusta necesariamente a la realidad, lo que argumentamos mediante las respuestas a tres cuestiones planteadas a continuación.

1. ¿El independentismo hace crecer las filas de la ultraderecha?

Debemos tener en cuenta que una cosa es que el separatismo catalán movilice y galvanice a este sector ideológico y otra muy distinta es que sus partidos logren presencia institucional significativa. En este aspecto es importante destacar que el separatismo ha sido un enemigo esencial de la extrema derecha española desde sus orígenes en el siglo XX. Y -por ejemplo- José Antonio Primo de Rivera en 1934 ya manifestó literalmente que un a “República independiente de Catalunya” no era “nada inverosímil”. Por tanto, no debe sorprender la vistosa combatividad ante el separatismo del ultranacionalismo español.

Ahora bien, que esta última se convierta en votos es harina de otro costal por dos razones. Una es que desconocemos la magnitud de sus seguidores: si bien los incidentes que estos protagonizan generan una cobertura mediática amplia, sus autores pueden reducirse a unos centenares. En este sentido, se da la paradoja de que la ultraderecha es una minoría institucionalmente irrelevante, pero de visibilidad desmedida. La segunda razón es que aunque sus seguidores aumenten no tiene porqué producirse de forma mecánica un salto cualitativo de sus siglas en votos.

2. ¿La crisis actual puede crear un espacio a la derecha del PP?

Es imposible ofrecer una respuesta clara a este interrogante porque ignoramos el desenlace del proceso político abierto en Catalunya. De este modo, ignoramos si el PP podrá presentarse como un gestor exitoso de la crisis ante los sectores ultranacionalistas más beligerantes (aquellos eventualmente identificados con la consigna “¡A por ellos!”). En este sentido, los ultrapatriotas pueden desempeñar un papel destacado en el conflicto al constituir un lobby de presión si el Gobierno, para satisfacer a este electorado más belicoso, opta por una política de dureza en relación al contencioso.

El tema no es baladí porque si el PNV no aprueba los presupuestos el año próximo se deberán convocar comicios y Mariano Rajoy podría presentarse entonces como el adalid de la unidad de España, lo que le podría beneficiar en las urnas. Pero si el problema de Catalunya se cronifica o el ejecutivo estatal es percibido como incapaz de atajarlo puede crearse un espacio de protesta a su derecha que podría ocupar una opción ultranacionalista española. Sin embargo, esta última posibilidad tampoco debe comportar per se la eclosión institucional de la extrema derecha.

3. ¿Quién puede ocupar hoy un espacio a la derecha del PP?

Para que se produzca un despuntar ultraderechista estatal no basta que exista un espacio político. Este es una condición imprescindible para su desarrollo, aunque insuficiente porque es necesario que también exista un partido capaz de ocuparlo, algo que por ahora no se vislumbra.

Por una parte, la Plataforma per Catalunya [PxC] y España 2000 en la Comunidad Valenciana experimentaron un severo varapalo en los comicios locales de 2015 que puso fin a su crecimiento en la esfera municipal. De este modo, España 2000 pasó de 8.066 sufragios (0.3%) y 4 ediles a 5.845 sufragios (0.2%) y 1 edil. El caso de PxC fue más dramático: pasó de 65.905 votos (2.3%) y 65 ediles (dos de ellos en L’Hospitalet, segunda urbe catalana en población) a 27.348 votos (0.8%) y 8 ediles. Así las cosas, la derecha populista española es un yermo en el que destacan la federación Respeto (que aglutina a PxC, España 2000 y el Partido por la Libertad [PxL]) y Vox, que en las elecciones europeas de 2014 cosechó 246.833 votos (1.5 %). Ninguno de ambos rótulos cuenta con presencia institucional relevante, liderazgos conocidos por amplios sectores sociales y capacidad inmediata de erigirse como una oferta competitiva.

En tal sentido, las elecciones europeas de 2014 aportan una enseñanza importante en relación a la extrema derecha y es que esta tuvo una presencia insignificante en los países más afectados por la crisis económica: Portugal, España, Irlanda, Chipre y Grecia. Se objetará que en este último caso se alumbró dos formaciones extremistas (Amanecer Dorado y Griegos Independientes), pero ambas suman el 12.8% de los votos, cifra muy alejada -por ejemplo- del 24.9% del lepenismo o del 26.7% del UKIP “brexiter”. La causa de esta diferencia en el voto es simple: la crisis económica y la de los refugiados beneficiaron a partidos de extrema derecha competitivos y presentes en las instituciones políticas, pero no los crearon donde estaban ausentes.

Conclusión: cualquier pronóstico es arriesgado

Pese a lo expuesto, se impone prudencia al hacer un balance. ¿El motivo? si algo enseña el contencioso de Catalunya es que la política estatal ha devenido una montaña rusa que genera nuevos escenarios con rapidez inusitada y el tablero político experimenta cambios inesperados . En esta situación convulsa es importante recordar que el analista Carles Castro apuntó en enero que una opción de “españolidad radical” tendría una bolsa potencial de un millón de votantes, que podría aumentar si confluía con un mensaje crítico sobre la inmigración ( La Vanguardia, 7/I/2017 ) . Por consiguiente, aunque es improbable una eclosión institucional de la ultraderecha, toda cautela es poca al trazar previsiones a corto y medio plazo.

Fuente:

http://www.eldiario.es/zonacritica/Resurge-Espana-ultraderecha_6_696840316.html

SOBRE EL MANIFIESTO “BLANCO”, POR ISIDORO MORENO*

Se está difundiendo ampliamente una convocatoria con el título “¿Hablamos?”, que llama a concentrarse el sábado próximo ante los ayuntamientos con banderas o camisas blancas para respaldar la idea de que “España es un país mejor que sus gobernantes” y de que hace falta “hablar”.

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Nadie firma el Manifiesto, que parecería como si hubiera brotado de las piedras o hubiera surgido por generación espontánea. Algunas de las cosas que se dicen en él difícilmente pueden no compartirse. Se afirma que la convivencia es posible, que queremos un país mejor, que es preciso apostar por el diálogo, que existen dirigentes incapaces e irresponsables que ni escuchan ni hablan (aunque esto de que no hablan es solo cierto a medias, porque estos días algunos están hablando mucho, incluso el rey). Tal como está escrito, y sobre todo si se lee a la ligera, el Manifiesto puede gustar a bastante gente: a quienes no desean enfrentamientos con resultados impredecibles, a quienes temen un conflicto civil, a quienes rechazan que se les utilice por uno u otro partido político, y, sobre todo, quienes se piensan tolerantes y se sienten cómodos en la equidistancia.

Si leemos despacio (algo que aconsejo en esta ocasión y siempre), hay varias cuestiones, muy importantes, que deberían ponernos en guardia. Tanto por lo que se dice como, sobre todo, por lo que no se dice. Voy a poner algunos ejemplos de esto último. La palabra Cataluña no aparece por ninguna parte. Tampoco se condena, y ni siquiera se señala, la brutal represión del 1-O: sólo existe una muy genérica alusión a “cosas que nunca hubiéramos querido ver y que nos apenan profundamente”. ¿Qué cosas son esas? ¿Por qué no se las llama por su nombre y se señalan las responsabilidades? ¿Será, quizás, porque hacerlo obligaría a posicionarse? Tampoco hay alusión alguna a los Derechos Humanos, ni individuales ni colectivos. Por ninguna parte aparece la palabra “Pueblo” sino que esta se sustituye por el mucho más evanescente término de “sociedad”, sin que se aclare su referente concreto.

Leyendo el Manifiesto, si no tuviéramos otros datos, no sabríamos de qué se está hablando. Hay, sí, una sucesión de ideas amables, casi siempre abstractas. Por ejemplo, “apostar por la vía del diálogo”. ¿Quién estaría en contra de esto? Pero no se dice cuáles serían los términos del diálogo, ni si este supondría negociación, ni entre quiénes, ni con qué legitimidad mutuamente reconocida. Ni si en ese diálogo se incluiría a los más de dos millones de catalanes que votaron el domingo, con la guardia civil y la policía nacional hostigándoles, atacándoles a porrazos (o con pelotas de goma y gases lacrimógenos en algunos casos) y requisando urnas. Ni si sería un dato determinante que 3 de cada 4 ciudadan@s de Cataluña quieren un referéndum para poder expresar libre y legalmente su opción para el futuro de su nación. ¿Por qué no se habla de esto?

El “paso adelante” que deberíamos dar “toda la ciudadanía” el próximo sábado, asistiendo a las concentraciones y poniendo sábanas blancas en los balcones, lleva ya implícito, sin que antes lo “hablemos”, que “tod@s” estamos de acuerdo en que somos un solo “país”, o sea España (ni siquiera se habla de Estado Español sino simplemente de España). Parece como si estuviera resuelto a priori –en realidad se oculta- el problema que es hoy central: el de que cuál o cuáles son los sujetos políticos de la soberanía: de la capacidad de decidir. Por lo que dice el Manifiesto, no existiría ese problema, o sea que todos los ciudadan@s de Cataluña (o de Euskal Herria, o de Andalucía o de Canarias, o de Galicia), estaríamos de acuerdo en que somos un solo “país” (una única nación) y solo tenderíamos que deshacernos de nuestros “gobernantes incapaces e irresponsables” para que los problemas pudieran ser resueltos. No discutiré yo que, en general, la gran mayoría de nuestros gobernantes respondan a ese perfil, pero, ¿y si aspiramos, quienes nos consideramos pertenecientes a alguno de los pueblos-nación citados, a construir libre y democráticamente, en nuestros diversos países, estructuras políticas propias para, a partir de ellas, decidir luego si formar una Federación, o Confederación, o Asociación de Estados Libres, o, en su caso, optar por un Estado independiente?

Los autores del Manifiesto –que no sabemos quiénes son pero existen- me parecen algo así como flautistas de Hammelin que llevan a mucha gente adonde ellos quieren, sin decirles adónde y sin que ello sea fácil averiguarlo, porque subyugan con su música ocultando la letra, es decir los objetivos y el cómo conseguirlos. Desconozco si es cierto, como algunos dicen, que la idea partió de un hasta ahora desconocido profesor madrileño (¡ay, Madriz, Madriz, siempre Madriz!) que puso un mensaje en su whatsapp y, ¡oh milagro!, este pasó a ser difundido en veinticuatro horas incluso por los noticiarios de las televisiones. O si, como otros afirman, detrás de la iniciativa se esconden sectores del PSOE de Sánchez y del Podemos errejonista y quizá pablista, que han utilizado sus aparatos para tirar la piedra escondiendo la mano con el objetivo de tratar de eliminar tanto a Rajoy como a Puigdemont y reivindicarse como salvadores de la patria (española, por supuesto). No tengo información privilegiada pero podría ser así. Y más grave aún sería que, debajo de todo esto, estuvieran oscuras redes dudosamente democráticas. El tufillo “apolítico”, antipartidista sin matices, enormemente uninacional y emocional, populista sin comillas, del ambivalente texto aconsejan no descartarlo del todo.

La solidaridad entre los pueblos, la denuncia del uso de las leyes y de las instituciones del poder del Estado como instrumentos para impedir que los pueblos y los ciudadan@s ejerzan sus derechos, y el señalar las muy graves insuficiencias democráticas de una Constitución, la del 78, fabricada con el fondo del ruido de sables, serían, en mi opinión, requisitos inexcusables para atender, aquí y ahora, cualquier llamamiento como el que aquí se nos hace. No tener esto en cuenta y apoyarlo, sin más, además de ingenuo e imprudente, podría ser suicida porque podría justificar, sin quererlo, una aun mayor involución de la ya muy escasa democracia que tenemos. Y ello, incluso si los autores del Manifiesto y quienes han hecho posible su enorme difusión fueran figuras angelicales y vírgenes de toda perversión política; cosa que me es difícil creer, lo confieso.

06/10/2017

*Isidoro Moreno es Catedrático de Antropología Social y Miembro del colectivo Asamblea de Andalucía (AdA)

Sobre el Manifiesto “blanco”, por Isidoro Moreno*

CATALUNYA: PARA LA LIBERTAD, SANGRO, LUCHO, PERVIVO, POR MANUEL ROBLES*

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El pueblo catalán

La violenta agresión del Gobierno del señor Rajoy al pueblo catalán, validada esta noche por el rey, es portada en todos los medios nacionales e internacionales. Su careta, pretendidamente democrática, se ha desplomado, apareciendo nítidamente el rostro sanguinario del franquismo.

El 1 de octubre, el pueblo catalán ha vencido moralmente al Gobierno ilegítimo del Estado español y ha puesto claramente en evidencia que los regímenes borbónicos siempre han sido una cárcel de pueblos.

Solo mediante el respeto del derecho de autodeterminación -en una República federal o confederal de pueblos ibéricos, libres e iguales- será viable la unidad. De lo contrario, Catalunya nos abandonará irremediablemente a plazo fijo. Como consecuencia de ello, el probable proceso de emancipación de otros pueblos del Estado nos llevaría al peor escenario posible: un escenario de balcanización, con grave riesgo para la paz en el territorio de la Unión Europa.

El 18 Brumario de Felipe de Borbón (i)

Los días 1 y 3 de octubre son ya fechas para la historia universal del oprobio. Una vergüenza para los afiliados y votantes del PP. Puede que muchos de ellos, arrepentidos, acaben abandonando dicha organización criminal. ¿Lo hará el rey?

El señor Felipe de Borbón, que ha tomado partido político junto a la fracción más extremista y nacional-católica del PP ha roto, como jefe de una monarquía parlamentaria, su obligada neutralidad política. Ha violentado, pues, su propia legalidad vigente, de la peor manera que podía hacerlo: con un discurso para la guerra. Es un pirómano peligroso y debe ser depuesto. Se ha puesto al margen de la ley y de la tramposa constitución que invoca.

Para los Borbones, salvar su ilegítima jefatura del Estado y de las Fuerzas Armadas, siempre ha sido su prioridad. Cuando no, haciendo mutis cobardemente por el burladero; como hizo su bisabuelo Alfonso XIII. Sin embargo, deberían de tener claro que ya no estamos en los años treinta del siglo pasado.

Indignación y admiración

En nombre de mis compañeros, expreso públicamente nuestra indignación con un rey que no nos representa e intenta arrastrarnos hacia un disparatado enfrentamiento con el fin de afianzar su corona.

El título de este modesto artículo está escrito en honor del valeroso pueblo catalán. Rememora una canción de Joan Manuel Serrat, cuya letra corresponde a un poema de Miguel Hernández, muerto en las mazmorras franquistas.

Hoy resulta doloroso comprobar cuánto han cambiado algunas personas -que nos enamoraron en aquellos años de la dictadura y de la Transición- hasta el punto de ser casi irreconocibles.

No es, ni mucho menos, el caso de Lluís Llach, autor de La Estaca, compuesta en los años 60 del siglo pasado. Este valeroso cantautor sí ha acompañado, lleno de coraje y de pasión, a su pueblo. Expresamos, también públicamente, nuestra más profunda admiración.

La ruptura democrática

Permitidme, pacientes lectores, que me haga eco del comunicado del Colectivo Anemoi del que soy miembro. El 29 de septiembre el colectivo se ha pronunciado mediante el comunicado Catalunya: Democracia y Libertad, en el que instamos, a los partidos políticos de izquierdas, a los sindicatos de clase, a las fuerzas republicanas, a los movimientos sociales, que se pongan al frente del clamor de la ciudanía y de la clase obrera.

Es necesario, por tanto, iniciar una ruptura, pacífica y democrática, para erradicar de las instituciones del Estado a un franquismo que ya no puede camuflar por más tiempo el rey, como se ha puesto en evidencia de forma estridente esta noche.

Recomiendo al querido lector, si no lo hubiese hecho ya, que lea estos estos magníficos versos de Miguel Hernández

Para la libertad sangro, lucho, pervivo. Para la libertad, mis ojos y mis manos, como un árbol carnal, generoso y cautivo, doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas, y entro en los hospitales, y entro en los algodones como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos de los que han revolcado su estatua por el lodo. Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos, de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan, ella pondrá dos piedras de futura mirada y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida. Porque soy como el árbol talado, que retoño: porque aún tengo la vida.

Epílogo

«Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos».

Salvador Allende (1908-1973)

Estamos con ustedes, Catalunya.

Su gigantesca manifestación, masiva y pacífica, en protesta por la agresión sufrida y por su derecho a expresarse en libertad, es un ejemplo para los demás pueblos del Estado español.

¡Viva la República!

Fuente:

Catalunya: Para la libertad, sangro, lucho, pervivo, por Manuel Robles*

EL DÍA QUE CATALUNYA GANÓ LA REPÚBLICA A GOLPE DE DEMOCRACIA, POR PERE CARDÚS

A pesar de la violencia de la policía española y de la Guardia Civil, que produjeron más de ochocientos heridos con la excusa de secuestrar las urnas llenas de papeletas, la participación fue altísima y los resultados pueden dar un impulso definitivo a la república catalana.

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Después de un día y medio de vigilia en los colegios del referéndum de autodeterminación, miles de catalanes se levantaron ayer dispuestos a decidir el futuro del país. Y a fe de Dios que lo hicieron. La jornada, involuntariamente épica, fue la demostración más rotunda posible de la determinación de una parte muy mayoritaria del pueblo de Cataluña de no dejarse robar la democracia y el anhelo de libertad. A pesar de la violencia de la policía española y de la Guardia Civil, que produjeron más de ochocientos heridos con la excusa de secuestrar las urnas llenas de papeletas, la participación fue altísima y los resultados pueden dar un impulso definitivo a la república catalana.

De los avisos amigos a los primeros asaltos
A primera hora, alrededor de las seis de la madrugada, parejas de mossos de escuadra visitaban los colegios, protegidos por decenas de miles de ciudadanos, para anunciar que tenían la orden de entrar a secuestrar urnas y material electoral. Aun así, la gran presencia de gente les impedía hacerlo. Poco antes de la constitución y la apertura de las mesas de votación, la policía española y la Guardia Civil, desplegados por todo Cataluña, empezaron a asaltar colegios agrediendo violentamente a todo aquel que había acudido a votar. Los primeros asaltos fueran a los colegios que tenían asignados el presidente Puigdemont, el vicepresidente Junqueras y la presidenta Forcadell. Fue especialmente violento el asalto a los votantes de Sant Julià de Ramis, el colegio de Puigdemont.

Colas inacabables
La alerta se extendió por todo el país. Las furgonetas de la policía española y los todoterrenos de la Guardia Civil corrían por las carreteras de las comarcas y las calles de las ciudades, pero eso no impedía que la mayor parte del país votara si quería la independencia de Cataluña o no. Una hora antes de abrir los colegios, el portavoz del gobierno, Jordi Turull, había anunciado un cambio metodológico del censo que hacía que todo el mundo pudiera votar allá donde más le conviniera. Era una manera de evitar que el cierre a la fuerza de un colegio impidiera la participación a un sector de la población. Las larguísimas colas de votantes llenaban las redes sociales de fotografías espectaculares. De hecho, muchos votantes acabaron haciendo varias horas de cola para poder votar, de tanta gente que había ido.

Pequeños y grandes, sin distinción
Llegaban más y más imágenes de violencia de las fuerzas de seguridad españolas. Abuelos, niños, jóvenes y adultos recibían de lo lindo sin distinciones. La agresión a una consellera del govern –Clara Ponsatí, de Enseñanza–, a una abuela, a un hombre que tuvo un infarto y fue hospitalizado… Los agentes armados del estado español no hacían diferencias a la hora de zurrar a todo el mundo que llevara papeletas en las manos y la sonrisa de quien sabe que ya gana. Después de aquel ‘a por ellos’, los porrazos, los empujones, los tirones de pelo, los destrozos de puertas y ventanas, y los disparos de balas de goma (prohibidas en Cataluña desde 2013) parecían una continuación lógica del espíritu con que una parte importante del estado español se había tomado la voluntad democrática y pacífica de los catalanes.

La lección de los catalanes
El objetivo del gobierno español y sus aparatos de Estado era impedir que se pudiera proyectar una imagen de normalidad y de legitimidad del resultado del referéndum. Pero la ciudadanía de Cataluña daba una nueva lección de creatividad democrática, de compromiso cívico, de espíritu pacífico y de solidaridad humana. En ningún caso la estrategia del miedo y la violencia –es decir, la estrategia del terror– hacía recular el referéndum, el ejercicio democrático y la sintonía entre gobierno, parlamento y población. Las filas de votantes armados con papeletas blancas por el no o por el sí no disminuyó hasta el cierre de los colegios, a las ocho de la noche. Algunos centros de votación habían cerrado más temprano preventivamente para evitar el secuestro de las urnas llenas de votos y derivaban a los votantes a colegios más protegidos por la población.

‘La vergüenza de Europa’
El portavoz Turull había anunciado a mediodía una participación superior al 50% del censo. Por lo tanto, la atención se concentraba a última hora en el anuncio de resultados, cuando menos, parciales. Mientras tanto, Rajoy decidía hacer una comparecencia de prensa –sin preguntas, como ya es habitual– para celebrar la desarticulación del referéndum y la victoria del imperio de la ley, su ley. Nada más lejos de la realidad. El referéndum se hizo y tan sólo consiguieron alterar unos cuántos colegios.

El relato del gobierno español y de los medios de comunicación que actúan a su sombra se deshacía como un terrón de azúcar en boca de dirigentes políticos y personas influyentes de todo el mundo. Y, sobre todo, en las páginas y a las pantallas de los medios de comunicación más influyentes del mundo, que a media tarde hablaban de ‘la vergüenza de Europa’ y de la ‘violencia injustificada’ del estado español contra los catalanes que querían votar. Gobernantes europeos empezaban a romper el silencio habitual y condenaban la actuación de las policías españolas contra una votación pacífica.

Fuente:

El día que Catalunya ganó la república a golpe de democracia, por Pere Cardús

El señuelo de la RBU: cómplice necesario para el remate del neoliberalismo

Esta herramienta niega la naturaleza del ser humano como criatura social e innatamente solidaria; es un subsidio que causa anomia y reduce a sus perceptores a la minoría de edad
STUART MEDINA MILTIMORE / ANDRÉS VILLENA OLIVER.
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La década de los años 70 del siglo XX marcó el inicio de la era de la supremacía ideológica neoliberal asumida por las élites dominantes. El ataque al factor trabajo para recuperar los beneficios se agazapó detrás de una doctrina con fundamentos teóricos acientíficos como la “tasa natural de desempleo” o el “crowding out” (desplazamiento de la inversión privada por el gasto público). El neoliberalismo ha determinado unas políticas públicas que han generado una crisis del empleo. El resultado ha sido un vendaval de destrucción de trabajo agudizado a partir de la crisis financiera global que ha llevado a niveles sin precedentes de pobreza y desigualdad en la distribución de las rentas y de la riqueza.

En el caso de España, el desempleo ha sido calificado como lacra “estructural”. En la jerga de los técnicos de los organismos multilaterales y los economistas de la escuela dominante, “estructural” es una palabra polisémica que se utiliza como justificación de todo tipo de desmanes. Estructural puede significar que hay “rigideces” en un mercado de trabajo que se equipara al de los rábanos –un frecuente e interesado error. Estructural también puede significar que hay poca competencia y que es necesario liberalizar un sector para destruir todo el tejido de PYMES y sustituirlas por oligopolios que optimizan sus costes destruyendo cuanto empleo sea posible. Ademas, estructural, es un problema de ineficiencia del sector público que se resuelve vendiendo todas las empresas públicas y hasta las joyas de la corona a los amiguetes.

Es probable que España sea el país donde el neoliberalismo se haya aplicado de forma más implacable gracias a su legitimación por asociación al proyecto europeo. En términos orteguianos “España es el problema (estructural), Europa es la solución (neoliberal)”. Varios factores concomitantes como la coincidencia de la incorporación al mercado de trabajo de las cohortes nacidas en el baby boom, el proceso de desindustrialización impuesto por la incorporación a la CEE, el empeño en aplicar una política económica monetarista que desalentaba la inversión, la represión de la demanda como herramienta para luchar contra la inflación importada en barriles de petróleo o la crónica insuficiencia de empleo y gasto público contribuyeron a acentuar los efectos del ataque al factor trabajo.

Puedes seguir leyendo el resto de la entrada en la dirección que figura más abajo.

http://ctxt.es/es/20170830/Firmas/14631/RBU-neoliberalismo-trabajo-garantizado-ctxt-empleo.htm

PODER Y “EMPODERAMIENTO”: SOBRE PODEMOS EN EL NUEVO CURSO, J. ROMERO

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Et propter vitam, vivendi perdere causas (Y, por vivir la vida, perder la razón de vivir).

«Los marxistas, a diferencia de los anarquistas, admiten la lucha por las reformas… pero a la vez sostienen la lucha más enérgica contra los reformistas que directa o indirectamente circunscriben a las reformas los anhelos y la actividad de la clase obrera… La burguesía liberal concede con una mano reformas, pero siempre las anula con la otra mano… las utiliza para subyugar a los obreros, para desunirlos por grupos… Por eso el reformismo, incluso cuando es totalmente sincero se transforma de hecho en un instrumento de la burguesía para corromper a los obreros y reducirlos a la impotencia…» (V.I. Lenin, Marxismo y reformismo).

No se puede negar que los principales ideólogos y dirigentes de Podemos tuvieron audacia para rentabilizar un ambiente de movilización general que distaban mucho de dirigir. Bien es verdad que los medios de un sector de la oligarquía fueron puestos a su servicio, también que las movilizaciones no tenían un objetivo político definido más allá de desalojar al PP del Gobierno, y que el propio proyecto que dio origen a Podemos no era sino la consumación de un larguísimo proceso de degradación ideológica y política de la izquierda (incluida una buena parte de la autodenominada comunista) que había renunciado desde hacía años a cualquier objetivo realmente transformador, por lo que su mera aparición contribuyó a acelerar el proceso, dinamitando literalmente el panorama político: su único objetivo desde el principio era ganar “el poder” (entiéndase ganar las elecciones) y a él sacrificaron cualquier otro objetivo verdaderamente transformador.

Con todo, insistimos, es innegable la habilidad de los dirigentes de Podemos para hacerse con el control político del campo popular. Otra cuestión es que hayan intentado desde el principio pasar de matute su ideología oportunista y reformista como una actualización de la ideología revolucionaria; Pablo Iglesias llegó a señalar con su ambigüedad característica en una entrevista: «…me considero marxista. Digamos que tras los presupuestos teóricos y de comunicación de Podemos hay una lectura muy específica (sic) de Gramsci».

Ya hemos tratado en otras ocasiones el largo proceso de degeneración de las corrientes “marxistas” burguesas hasta llegar al postmarxismo y el populismo de Laclau. El podemismo nada tiene que ver con una concepción dialéctica de la lucha política. Si hay algo que ha caracterizado la teoría y la práctica de revolucionarios como Gramsci, ha sido precisamente la determinación del Estado burgués desde un punto de vista de clase y la identificación de la clase obrera como la única interesada objetivamente en superarlo.

De ahí que, como señalara Lenin en la cita que encabeza este artículo, los marxistas aceptamos la lucha por las reformas, pero en ningún caso supeditamos a ellas los objetivos generales, por cuanto tenemos claro que sin superar el Estado liberal es imposible mantener en el tiempo las conquistas. Decir lo contrario, pretender que desde dentro de las instituciones burguesas, aceptando un modelo de Estado determinado, en el caso de España por un proceso de transición que ha dejado intactos gran parte de los elementos de la dictadura franquista, es lisa y llanamente engañar a las clases populares.

Juan Carlos Monedero, quien en la “sombra” orienta el debate interno de Podemos, tratando con desparpajo de lo divino y de lo humano, explicaba así, el concepto marxista (de Groucho) de su organización, en un artículo de mayo de 2016: «Podemos nacía de la certeza de que la clase obrera existe pero ya no se deja representar de manera simplista (sic). Las tesis marxistas que otorgan a la clase obrera un significado existencialista…ya no tiene fuerza explicativa. Otras realidades han nacido con mucha fuerza –el feminismo, el ecologismo, el pacifismo, la defensa de la democracia directa, la lucha contra el capitalismo financiero, el precariado, la economía colaborativa, un nuevo internacionalismo apegado a la nación… La defensa del individualismo comprometido socialmente…Un mundo diferente necesita hipótesis diferentes. Con las armas melladas de la vieja teoría no se podía salir del resistencialismo»(Táctica y estrategia de Podemos).

Con esa concepción interclasista que concibe el sujeto revolucionario como algo disgregado, disperso, sin intereses ni objetivos comunes, solo queda “reconducir el enfado”1 con el único objetivo de ganar el Gobierno (sin alterar la estructura del Estado) y realizar las reformas necesarias para “purificarlo” y reconducir la situación de alarma social. Eso lleva inevitablemente a la derrota y la frustración. Semejante política equivale a aplicar lo que señalaba Juvenal en la cita que da título a este artículo.

reformismo revolucionarioDe hecho, el supeditar todo a ganar las elecciones, ha sido un obstáculo objetivo estos tres años para avanzar en la Unidad Popular en torno a objetivos transformadores. Desde un principio, el núcleo dirigente de Podemos ha adaptado continuamente su “táctica” a esa idea, renunciando siempre a una transformación de raíz del Estado: la lucha por la República como marco de ese cambio no era el momento de plantearla, las grandes directrices en materia de política exterior del Estado monárquico tampoco eran parte del problema. «Somos absolutamente respetuosos con los compromisos adquiridos por nuestro país y los vamos a respetar hasta la última coma» (Sergio Pascual).«Seguiremos respetando los acuerdos de las organizaciones a las que pertenecemos, como son la OTAN y la UE, pero apostamos por una defensa integral europea, que creo que es el futuro» (Julio Rodríguez, ex JUJEM), etc.

El resultado de las elecciones de 2015 enfrió sus expectativas provocando un cambio táctico; tras rechazar el apoyo a Pedro Sánchez en su investidura2, los dirigentes de Podemos miraron hacia el núcleo de dirección de Izquierda Unida, que comparte prácticamente íntegros los postulados ciudadanistas en contra de una parte sustancial de su propia militancia, y radicalizaron el discurso, aunque manteniendo siempre el respeto al marco institucional del régimen3.

Quien dijera: «…no quiero que dirigentes políticos de IU, y yo he trabajo para ella, que son incapaces de leer la situación política del país, se acerquen a nosotros… Que se queden con la bandera roja y nos dejen en paz. Yo quiero ganar», se preparaba en junio de 2016 para el sorpasso, de la mano de Alberto Garzón y su gente.

Esto decía J.C. Monedero en un artículo de mayo de ese año, para justificar el cambio de táctica: «La solución pasaba (antes de las elecciones de diciembre) por reconducir el enfado…En la fase destituyente es donde aparece con fuerza la virtud de la “hipótesis populista”: la construcción de un “ellos” y un “nosotros”…unido a los demás por las demandas insatisfechas diluidas hasta ser simplemente un malestar difuso, un “nosotros” enfadado, con ganas de encontrar un culpable…Cuando falla la operación relámpago toca replantear la estrategia…Y esa es la situación en la que estamos ahora…Por eso, Podemos tiene que regresar a lo que se planteó al comienzo: lograr la unidad popular…Algo nuevo ha sucedido en la política española: la presión popular (sic) sobre Podemos e IU ha forzado un encuentro que estaba muy lejos hace cinco meses…Esa fuerza es precisamente la que asusta al PSOE y al PP y su muletilla naranja».

Pero de nuevo falló el cálculo: las renuncias, la ambigüedad, la soberbia y la falta de credibilidad del discurso ciudadanista terminaron haciendo perder a la coalición Unidos Podemos un millón de votos. Aquellos votos no los enajenó su radicalidad, sino, bien al contrario, la evidente diferencia entre práctica y discurso, la inconsistencia de su propuesta, que básicamente consistía en cambiar un régimen cuyas instituciones están podridas, desde dentro, con reformas que no afectan a su estructura, ni alteran la relación de poder interno, y son por tanto simplemente inaplicables4.

Empezamos un nuevo curso político; el mandato en municipios y comunidades ha sobrepasado su ecuador; el PP, ha conseguido consolidar (bien que precariamente) su gobierno a pesar de los continuos escándalos de corrupción. Y el núcleo dirigente de Podemos vuelve su mirada al PSOE. Consciente de la inconsistencia política y orgánica de las plataformas surgidas durante la erupción ciudadanista, necesita acercarse al social-liberalismo, reforzado tras la pelea interna entre Susana Díaz y Pedro Sánchez.

El Gobierno, entre tanto, no ha cambiado ni una coma de sus leyes reaccionarias: la reforma laboral, la ley mordaza, la LOMCE, la reforma de la Ley de Bases de Régimen Local (mal llamada ley de racionalización, que condiciona la gestión en ayuntamientos y CCAA, sujetándola al control del gobierno y de la UE), la reforma de 2013 de la ley de arrendamientos, etc. siguen plenamente vigentes, pese a las bravuconadas parlamentarias de la leal oposición. Sin embargo, la movilización dispersa ha cesado prácticamente.

La cuestión es que el panorama político ha cambiado radicalmente como consecuencia en gran parte del equívoco ciudadanista, que desvió la tensión política al pantano del parlamentarismo más ramplón, vaciando las movilizaciones y separándolas de los objetivos que las enfrentaban al régimen. Y, como conclusión, asistimos a un lento acercamiento entre Podemos, a quien su secretario general definía como la “nueva socialdemocracia”, y el social-liberalismo. Para este viaje no se necesitaban alforjas.

Ahora bien, está por ver si fructifica esa confluencia; al fin y al cabo los dirigentes socioliberales no olvidan fácilmente el acoso de Podemos a su cuerpo electoral ni la negativa a apoyar la investidura de Sánchez; no olvidan, ni necesitan tanto de Podemos como hace un año. Pero, sobre todo, está por ver si los dirigentes de Podemos no dan un nuevo giro táctico, porque saben que para mantenerse políticamente vivos tienen que evitar “desdibujarse” en un pacto incondicional con el PSOE. Por esa misma razón en el curso político que comienza intentarán probablemente liquidar toda oposición verdaderamente de clase, presentándose como la única alternativa de izquierda, capaz de “tutelar” la labor del PSOE.

En esta coyuntura, la pregunta es: ¿qué Podemos, (debemos) hacer quienes somos conscientes de que solo una transformación de raíz de la estructura económica, política y social del Estado puede permitir encarar una mejora sustancial de las condiciones de vida de la mayoría trabajadora?

En una cosa tienen razón los dirigentes de Podemos, cuando señalan que Izquierda Unida, se había adocenado. Los distintos intentos que hubo de “actualizar” su mensaje, lejos de proponer avances reales hacia la unidad popular (en particular asumiendo medidas verdaderamente transformadoras) iban preparando el terreno para la posterior erupción ciudadanista. Muchos de los impulsores de aquellas Mesas de Convergencia que se celebraron meses antes de ésta, (Enrique de Santiago, Manuel Monereo, Inés Sabanés, etc.) están hoy en las filas de Podemos y las fuerzas afines, o bien comparten su ideario

De hecho, a lo largo de muchos años (realmente ha sido una de las características del proceso de transición) la izquierda ha ido renunciando a un programa político general y disgregando la lucha por la emancipación en parcelas de interés sectorial y limitado; la vanguardia consentía (y en muchos casos fomentaba) la dispersión, ya no buscaba la unificación de las luchas parciales en un caudal común, porque no comprendía que por encima de identidades particulares, la clase obrera tiene un interés común contra el estado liberal, un interés a cuya expresión política no puede renunciar si no quiere hacer inviables también sus conquistas parciales.

El desengaño que ha provocado el ciudadanismo va a tener como consecuencia la frustración de sectores de masas que se habían acercado a la lucha política; pero también puede servir para intentar avanzar hacia la Unidad Popular. A condición de que se tenga la altura de miras suficiente para no ver en esta nueva coyuntura una oportunidad de volver al estado de cosas anterior, caracterizado, como digo, por una izquierda y un movimiento popular dispersos, no solo orgánicamente, sino (y esto es lo determinante) en sus objetivos políticos.

Es por este motivo de vital importancia que avancemos en la confluencia y recuperemos las organizaciones de clase (sindicatos, asociaciones de vecinos, etc.) para articular la lucha en el futuro (que va a ser muy dura, que nadie se engañe). Pero lo determinante va a ser que seamos capaces de articular un programa político común de ruptura radical con el régimen monárquico. El programa del Movimiento Republicano resume, a nuestro juicio, los objetivos más importantes: se trata de avanzar en su desarrollo.

[1] La confusión entre el Estado-clase y la sociedad regulada es propia de las clases medias y de los pequeños intelectuales que acogerían con gusto cualquier regulación que impidiese las luchas agudas y las catástrofes: es una concepción típicamente reaccionaria…en realidad, solo el grupo social que se plantea como objetivo a conseguir la desaparición del estado y de sí mismo puede crear un Estado ético, un Estado que atienda a poner fin a las divisiones internas de dominados, etc. y a crear un organismo social unitario técnico-moral» (A Gramsci, El Estado).
[2] «Soy consciente de que muchos socialistas votaron a Podemos porque pensaban que con usted se podía revitalizar la izquierda y que juntos podíamos cambiar España», replicaba Sánchez a Iglesias en el debate de investidura de febrero, «Muchos de ellos no entienden su comportamiento, por qué va a votar en contra de un candidato socialista para que siga Rajoy. No es que no se pueda. Es que ustedes, sencillamente, no quieren».
[3]Una decisión, por lo demás arbitraria, ilustra perfectamente esta aceptación real del marco jurídico institucional del régimen continuista por parte de Podemos: su dirección estatal cooptaba de nuevo como candidato para las elecciones de junio de 2016 al JUJEM José Julio Rodríguez, esta vez por Almería, al no salir elegido en diciembre como candidato por Zaragoza (tampoco consiguió el acta en esa ocasión).
[4] Gramsci, una vez más, responde al moralismo político propio del oportunismo pequeño burgués: “…lo que se debe valorar en un conflicto no es, precisamente, las cosas tal como están sino el fin que las partes en lucha se proponen con el conflicto mismo…No se puede juzgar, pues, al hombre político por el hecho de que sea más o menos honesto, sino por el hecho de que mantenga o no sus compromisos…» (A. Gramsci, Notas sobre la política y el Estado moderno).

Poder y “empoderamiento”: sobre Podemos en el nuevo curso, J. Romero