UNA EXCEPCIONALIDAD VERGONZANTE, POR JULIO BASURCO

Tras el final de la II Guerra Mundial, los países europeos reiniciaron sus proyectos partiendo de una premisa común: el antifascismo. Una desolación continental que no podía volver a repetirse logró que, aun pudiendo albergar visiones diferentes de la sociedad, todos los actores políticos coincidieran en que la discusión de ideas sólo podía darse dentro del marco antifascista. Tanto democristianos como socialdemócratas, las dos sensibilidades que más protagonismo alcanzarían en Europa Occidental, participaron de ese consenso. Quien no lo hizo, en líneas generales, sólo pudo desenvolverse en la marginalidad. España, no obstante, es una de las excepciones.

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Una excepcionalidad vergonzante, por JULIO BASURCO

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